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Cuento para el Cuentista
Este era un cuentista que perdió su mitad.
Al principio de todo, el cuentista era un cuentista completo. Empezaba los cuentos con un “erase una vez” y los terminaba con un “fueron felices” y, a veces, hasta con “un comieron perdices”.
Pero un día su final se fue. Quería reescribirse a sí mismo le dijo. Y le abandonó.
El cuentista se quedó desconsolado sin su mitad y se encerró días, semanas y hasta meses. No abría la puerta a nadie. Ni a su editor ni a su madre. Hasta que un día Inspiración se coló (no sabemos por donde entró).
Inspi (abreviatura de Inspiración), era una niña con las ideas claras y así se lo hizo saber al cuentista: padrino, para mi cumple quiero un cuento. Uno nuevo, uno entero para mí, eso es lo que quiero. El cuentista, desolado, le contó que había perdido a su mitad y que jamás le podría escribir un final. Si por eso padrino te has de preocupar, no lo hagas que yo lo sabré terminar, ¿no ves que también se rimar?
Y el cuentista a la mitad escribió el comienzo del primer cuento sin terminar y aún hoy lo sigue haciendo para niños que, aunque no se llamen inspiración, tienen sin duda mucha imaginación con la que continuar sus cuentos y mucho más. Pin pon colorado, este cuento sólo ha.. comenzado.
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Odessa
Odessa permanecía quieta y acurrucada en una silla, con la mirada perdida en sus pensamientos, mientras extendía el carmín de sus labios perfectos.
Recordaba matices pintorescos de su infancia; algo crueles, como el extraño movimiento que hacia aquella silla de ruedas en que estaba postrada desde siempre su abuela; las ruedas habían perdido su forma original y estaban medio amoldadas al suelo, con lo que las pocas veces que alguien movía la silla, la vieja parecía trotar, y su moño grisáceo y escaso se deshacía con facilidad cayendo los mechones sobre la cara y dejando al descubierto grandes claros en su cráneo.
Cerca, una enfermera joven mesaba nerviosamente la melena rojiza y se repasaba las uñas con una pequeña lima, levantando de vez en cuando su mirada verde y fría.
En la misma sala había ancianos que observaban el exterior con desanimo, sin percibirse en ellos ningún tipo de reacción. Temblores y tics aparte, parecían inmutables, a diferencia de los que como críos gritaban y reían tumbados en el parquet, simulando algún juego ancestral.
Empezaba a dolerle la cabeza. Aquellas cuatro paredes blancas y estériles eran de pesadilla, alguna marca o desconchado las habría hecho más reales, pero: ¿Por qué llevaba más de dos horas esperando? Ir a ver a la vieja, no era una de las visitas predilectas de Odessa, pero esa espera absurda las hacía odiosas.
-Ah! por fin. Odessa se levanto de la silla de plástico y caminó hasta la ventana de comunicación, contorneando unas caderas perfectas enfundadas en una falda peligrosa.
-¡Qué es una anciana y no un preso peligroso!- gritó sin más, hacia las paredes
-¿Cómo te va, abuela?
Al otro lado estaba la vieja, con su cara grotesca, pintada con un maquillaje excesivo semejando un payaso, gesticulando desesperada. Odessa levantó la mano pálida de dedos largos y se frotó el nacimiento del cabello corto y negrísimo; la vieja, en un acto infantil, la imitó enzarzando sus garras huesudas en la nube gris que era su pelo.Volvió a recordar. Recordó “dulceysuave”. “Dulce” y “suave” eran las palabras que la abuela profería habitualmente y que repetía hasta la saciedad, aunque en su voz vieja y rota sonaban a herejía.Despertó del sueño del recuerdo al sentirse forzada, la mujer del otro lado también se movía con dificultad, entonces con un giro brusco pudo ver al hombre que la asía por detrás; era corpulento y olía a desinfectante.Un trueno con timbre irónico y algo cansado entonó algo parecido a: -Eh! señora, ¿No se ha mirado ya mucho? Odessa hincho el pecho, frunció el ceño y se giró lentamente.
-¿Cómo “mirando”? ¡Suélteme! Estoy visitando a un familiar, así que haga el favor de demostrar un mínimo de respeto y…- Antes de terminar la frase ya luchaba por soltarse, pero su cuerpo tímido y febril no podía contrastar con el que la apresaba.
La barba recia y desigual del celador rozó, en lo que parecía un beso, la piel pálida de Odessa, que al sentir una mezcla de tibio rubor adolescente e impotencia física reaccionó al instante rompiendo con su pierna el cristal que voló en mil pedazos que cayeron al suelo y luego… sólo había pared.
El celador anunció que la llevaría a su habitación. La enfermera presumida cogió una escoba, y con actitud de desanimo recogió los pedazos de espejo que cubrían el frio suelo de linóleum.
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