Cuento Corto de María y el Caracol

(para Bixi)

María salía por las noches para conversar con su amiga. Y más que conversar, María la escuchaba mientras ella le contaba cosas del pasado, cosas del presente, cosas del futuro. Su amiga sabía tanto!
-Es una de las ventajas de ser eterna; desde tu punto de vista, claro -Se burlaba un poco de María mientras la miraba con dulzura. Pero María no rechistaba y solo podía mirarla embobada. Era tan bonita, era tan perfecta.

María encontró a su amiga en una de las muchas noches en que salía de expedición por los campos que rodeaban la casa. Esa noche, María estaba en cuclillas mirando como un caracol cruzaba el camino. Pensaba en lo valiente que era el caracol y lo esforzado que se le veia arrastrando su casita. Le daban ganas de cojerlo y dejarlo al otro lado.
-Tal vez así te ayude un poco a llegar a tu destino -Pensaba toda seria.
Estaba muy concentrada pensando si era lícito o no ayudar al caracol. Si debía prestarle un poco de ayuda llevándole al otro lado del camino.
-Para mi no es ningún esfuerzo –Se decía- Pero… ¿Debes ser tu el único merecedor de todo el esfuerzo? Entonces no debería ayudarte –Se replicaba María a si misma.
Y mientras se debatía ante el dilema oyó una voz sobre su cabeza que le dijo:
-¿Por que no le preguntas al caracol?
María ni siquiera se giró, la sentencia era tan evidente. Esa era la respuesta. Simplemente genial: “Preguntarle al caracol”.

María se levantó, rodeo al caracol y volvio a ponerse en cuclillas; esta vez frente a él.
-Caracol –le dijo- ¿Quieres que te lleve al otro lado del camino?
El caracol detuvo su lenta marcha y apuntando a María con sus dos ojos levantó y bajó un par de veces su cabeza en un gesto claramente afirmativo. María entonces cogió al caracol por la concha, lo puso sobre la palma de su mano y con mucho cuidado lo llevo al otro lado del camino para que, tan valiente y esforzado como antes, retomase su camino.
  
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Princesa y Dragón

Princesa y Dragón
(para Bixi)
Esta es la historia de una princesa y un dragón
que vivían en un castillo rodeados por el sol.
La princesa disponía de vestido de raso,
y el dragón con caballeros lidiaba todo el rato.
Desde pequeños a princesa y dragón los reyes juntos criaron.
La reina contraria, el rey encantado.
La reina proclamaba que de damas no era propio,
el rey replicaba que qué mejor guardián para su trono.
Más rey y reina no preveyeron a qué pueden jugar,
una princesa traviesa y un dragón nada viejo.
Y más de una tarde debieron regañar a dragón y princesa después de regresar,
pues la princesa jugaba a cabalgar su verde corcel alado
y con fuego a sus súbditos asustando.
Ella sonreía pizpireta, dragón una sonrisa ocultando,
mientras rey y reina les regañaban, intentando las risas disimular,
al ver a sus fieles con el culo chamuscado.



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Cuento Corto de Miguel

Miguel era un niño un tanto extraño. O al menos eso pensaban los demás niños, y así le miraban cuando, sin mucho sentido, corría entre los tablones de madera que delimitaban el arenal, y con los que más de una vez chocaba, cayendo de culo y quedando un tanto desconcertado, se sacudia la cabeza de un lado para otro intentando comprender que es lo que había pasado, se levantaba, y volvía a correr de un lado para otro, aparentemente descontrolado.

Miguel era bajito, delgado y moreno, nada fuera de lo común, a no ser por las gruesísimas gafas graduadas de velo blanco que dibujaban, a su través, unos enormes ojos marrones y, por gracias del destino, uno un poco estrábico; por lo cual, nunca se sabía si Miguel te estaba escuchando o, en cualquier momento, volvería a salir corriendo sin control y -seguramente- chocando contra el primer obstáculo que encontrara en su camino.

Miguel había nacido muy sano, notablemente chillón nada más respirar, tras la palmada en el trasero de la comadrona, y extraordinariamente inquieto, algo que ya se había temido su madre, pues apenas la habia dejado tranquila un momento desde el mismo instante en que Miguel -el feto- dispuso de extremidades lo suficientemente bien formadas para empezar a extrañar, a propios y extraños, con su innata afición, ya intrauterina, a la carrera descontrolada.
Nada más remarcable, a parte de una miopía galopante a la que el pediatra, sin mucha fortuna, no había dado más importancia, tranquilizando a los padres informándoles de que, en unos meses, el propio cerebro de Miguel corregiría.

Pero no fue así.

Al cerebro de Miguel le encantaba su miopía y, desde pequeño, miraba las cosas de un modo diferente; así, donde sus compañeros de clase veían a Galateo -el labrador blanco del profesor Matías, que este solía llevar al parque a pasear- Miguel veía un enorme dragón albino con muchas ganas de bronca.

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Sarina, la princesita pedorreta.

Sarina se sentaba en un trono de caoba
forrado con trozos de satén,
con remates de oro y un reposapiés de oropel.

Cada día, justo después de la comida,
- justo después del café -,
se reunía con todos sus súbditos
en la sala del trono de caoba
con remates de oro y reposapiés de oropel.

Uno a uno Sarina escuchaba a todos sus súbditos;
los unos con problemas,
los otros tan sólo compartiendo su quehacer.

Y día si, día también, a Sarina se le escapaban sin querer
uno, dos y hasta tres pedetes inodoros, que de princesitas no está bien.
Y cada día los súbditos y Sarina se reían por su incontenible desazón;
pues Sarina: “La princesita pedorreta” cómo por todo el mundo era conocida,
era de todos la más querida y todo el mundo así la nombraba sin ninguna mala intención.

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Cuento Corto de Linus

A Linus le gustaba tocar la guitarra en su habitación.

Linus –en el colegio- estudiaba matemáticas, física y narración; estudiaba lengua, geografía y natación; química, gramática y acordeón, pero no estudiaba guitarra; así que Linus la tocaba en su habitación.

En su séptimo cumpleaños su padre le regaló un libro de guitarra: “armonía y composición”. Tal vez un libro demasiado complicado para un niño que acababa de cumplir siete años, pero a Linus le encantaba cualquier cosa que se relacionase con su guitarra y en su habitación poder tocarla; era su gran pasión.

A Linus le encantaban las matemáticas, con ellas entendía las progresiones de las escalas pentatónicas; la física le apasionaba: el tono de cada nota que tocaba dependía de la longitud que quedaba en la cuerda una vez que un traste pulsaba! La narración, la lengua y la geografía; narración, química y gramática, todas le aportaban cosas a su gran afición; incluso las clases de natación.

A los siete años y medio, gracias al regalo de su padre: “armonía y composición”, Linus tocaba triadas y novenas disminuidas, ligaba acordes con mucha distinción y le gustaba, no sabía muy bien por qué, componer en Si aumentado, tal vez porque Linus –lejos de ser un niño-repelente-niño-de-mama- era muy obediente y educado e infinitamente le hubiese importunado que alguna vez le hubiesen castigado sin poder tocar en su habitación la guitarra en Do bemol.

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Eon

Eon siempre había visto señales en la gente, señales que marcaban sus frentes y a veces el dorso de sus manos, las formas no eran caprichosas y Eon siempre estuvo convencido de que debían provenir de algún alfabeto que él nunca había sido capaz de identificar.

Todas las señales eran diferentes y más que un significado siempre le habían provocado una sensación muy fuerte y una convicción totalmente cierta, una sensación totalmente inequívoca hacía esa persona sin que cupiese el menor ápice de duda en su corazón.

Muchas veces las señales apenas eran visibles se fundían prácticamente con el color de la piel, otras tenían una tenue fosforescencia verde o amarilla, roja las menos y muy, muy raramente, las marcas eran totalmente negras, opacas y estas ultimas siempre muy inquietantes. (…) @2006
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Isabel y Martina

Isabel y Martina nacieron hace justo ahora 3 años, 6 minutos y 25 segundos.
Isabel y Martina eran mucho más que gemelas; eran hermanas siamesas: dos cabezas perfectas unidas a un solo cuerpo perfecto.

Dada la imposibilidad lógica de cualquier tipo de intervención quirúrgica para intentar separarlas, la evidencia que Isabel y Martina serían hermanas inseparables para el resto de sus vidas en seguida se hizo patente y casi sin darse nadie cuenta algo natural, sólo sorprendente para aquellos que conocían por primera vez a Isabel, a Martina o a ambas a la vez.

Isabel y Martina eran idénticas, algo en parte lógico, pues compartían su ADN como cualquiera comparte en su cabeza sus dos orejas: inevitable. Y lo que más sorprendía ante aquel curioso capricho de la naturaleza era su belleza. Isabel y Martina eran realmente hermosas; de pelo negro azabache y ojos color miel que te hipnotizaban tan solo con mirarlos, amén de sus narices perfectas así como sus bocas que incitaban ineludiblemente a ser besadas. Fue además un cruel capricho de la naturaleza poner dos cabezas tan bonitas sobre un solo cuerpo igualmente tan perfecto. (…) @2005
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Samuel

Samuel tenía la habilidad de la observación en perspectiva. Era un don poco frecuente, tal vez único y prácticamente imposible de controlar, predecir y mucho menos de sacarle partido.

Menos para Samuel.

Desde pequeño tenía extrañas visiones, tan rápidas e inconexas que casi nunca tenían sentido alguno. Pero Samuel era un chico perseverante; muy perseverante, y con un poder de concentración tan fuera de lo común como lo era su extraño don: Samuel podía ver en perspectiva, principalmente en el espacio y muy extrañamente en el tiempo, y sus visiones relacionaban a las personas.

Así cuando Samuel parecía entrar en trance con la vista perdida en el vacío su perspectiva del mundo real desaparecía y sin aparente sentido se centraba en una persona, entonces su cuerpo parecía levitar hacía el cielo hasta que un invisible nexo unía a esa persona con otra y ese vínculo contaba a Miguel en un detallado sinfín de sensaciones todo lo que ese nexo les unia.

Una vez entrado en trance Samuel era capaz de saltar de una persona a otra creando una red invisible de interconexión entre miles de personas. (…) 2005
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Cuento Corto de Martina

Martina conocía la ciudad desde que era muy pequeña.

Siempre había tenido una curiosidad innata de exploradora que la llevaba a querer saber que es lo que había detrás de aquella puerta que la abuela mantenía permanentemente cerrada o de aquel muro sempiterno que invariablemente la saludaba cuando iba al colegio: –Hola, buenos días –parecía que le decía el muro todas las mañanas mientras Martina lo miraba de reojo desconfiada.

Martina acostumbraba a jugar sola en el parque, tenía un pequeño mundo particular en su cabeza que le era muy difícil compartir. Cómo podían entender a una niña que se podía pasar horas siguiendo a una hormiga? Martina la seguía fascinada. –Qué gran exploradora –se decía a si misma.

Ya había pasado la edad en que era demasiado pequeña para estar vigilada y podía expandir sus fronteras de exploración más allá del parque.

Martina era una chica tímida por lo que sus inicios como exploradora fueron más bien modestos, pero pronto se dio cuenta que no era siempre necesario ir allende los mares para ver cosas maravillosas y fascinantes.

Una primavera después de su séptimo cumpleaños, tras una refrescante lluvia matutina, estaba en el parque cuando un extraño sonido atrajo su atención hacia la rejilla de una alcantarilla. Tumbada en la tierra del parque acercó poco a poco su cara a las rendijas de la boca de la alcantarilla, el sol dejaba ver claramente un pequeño riachuelo que la breve lluvia había formado fugazmente y un pequeño barco de papel que algún niño habría botado un poco más arriba había quedado medio varado luchando por seguir su camino (…) @2004
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Teresa la terrorista

Teresa tenía cuatro años y medio, estaba en esa edad en que no se acababa de relacionar ni con los niños de poco más de cuatro ni con los de poco menos de cinco; una situación complicada, y un sentimiento que, su tío Alberto -psiquiatra en funciones de la familia-, le diagnosticó cómo una leve trastorno de vacío social, totalmente transitorio y que se solucionaría por si solo en un periodo de nunca más de seis meses.

Y a los seis meses exactos el problema se solucionó, bueno, casi. Teresa volvió a jugar con los niños de cinco años. Pero esos seis meses de leve trastorno de vacío social la marcarían de por vida. A partir de entonces Teresa seria conocida como: Teresa la terrorista.

Su acto de bautismo, el que inició su carrera de innombrables actos, fue en la boda de su tía Macarena. Teresa, sentada en un banco de la iglesia, justo antes de la ceremonia, junto a sus padres y a sus tíos abuelos, aburrida y sin poder jugar con los niños de poco más de cuatro años ni con los de poco menos de cinco debido a su leve trastorno, se escapo a hurtadillas de la vigilancia de su familia y salió de la iglesia.

Era un día muy bonito para una boda, el sol lo inundaba todo y Teresa encontró algo mucho mejor que hacer para entretenerse con un hormiguero que había junto a un banco de la iglesia que no estar sentada entre sus padres y sus tíos abuelos en la iglesia.

Hasta que llegó el coche con la novia.

Nunca había visto a su tía Macarena tan guapa, vestida toda de blanco y con un velo que la ocultaba como si fuese un hada. Teresa se había quedado obnubilada.

Hasta que vio el ramo en el asiento trasero del coche.

Aún hoy, Teresa se pregunta cómo pudo coger el ramo de la novia sin que nadie la viese, y llevárselo para poder interpretar ella el papel de novia en uno de los jardines de la iglesia.  Pero lo que más la sorprendió fue el increíble revuelo que se montó poco después.
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